Abierta la votación ciudadana para los Premios Enfoque

Ya tenemos finalistas para la III Edición de los Premios Enfoque; ahora es el turno de la ciudadanía que decidirá quién merece estos galardones.

Más de 200 profesionales de la comunicación y la información han sugerido nombres de medios, programas/espacios y periodistas que merecen ser finalistas de estos Premios. Ahora se inicia la segunda etapa de estos galardones en la que se pasa el testigo a la ciudadanía que decidirá quién merece ganarlos. La votación puede realizarse a través de este enlace hasta el 9 de febrero:  https://www.survio.com/survey/d/premiosdeperiodismo

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Los Premios Enfoque nacen de la necesidad de fomentar la vigilancia ciudadana sobre el ejercio periodístico y de la defensa de la información como derecho humano. De carácter simbólico, reconocen a medios, programas/espacios y periodistas enfocados y desenfocados de acuerdo al respeto de los derechos humanos y las minorías, la equidad de género y el cuidado del medio ambiente.

Rosebell Kagumire, periodista ugandesa: “Estamos lejos de conseguir un retrato justo sobre la complejidad de los países africanos”

Quisimos que nos hablaran de África y sus imágenes en los medios occidentales desde el propio continente. Contactamos con la periodista ugandesa Rosebell Kagumire que aceptó cordialmente y nos envió este vídeo. Especializada en comunicación multimedia y estrategias digitales, cuenta con una larga experiencia en la defensa de los derechos de las mujeres, migración, paz y seguridad en África.

Para Kagumire, ahora más que nunca las narraciones sobre las realidades del continente no pertenecen a los periodistas occidentales porque la población africana tiene la capacidad  de responder cuando los medios no juegan limpio.

 

PDLI: una plataforma para defender el derecho a la información

Son periodistas, investigadores, asociaciones de consumidores, profesores, medios de comunicación… personas y organizaciones que defienden el derecho a la información como elemento esencial en cualquier sistema democrático.

La Plataforma en Defensa de la Libertad de Información surgió como consecuencia de leyes aprobadas recientemente que limitan la libertad de información. Algunas de las personas que forman parte de esta iniciativa, explican sus objetivos en este vídeo.

Un periodismo desenfocado por la precariedad

Por Miguel Ángel Moreno. Los periodistas formamos parte de una profesión particularmente autocrítica, acostumbrada a los análisis demoledores sobre el oficio. Esta costumbre no es óbice para reconocer que en muchas ocasiones los problemas se inscriben en dinámicas que están más allá del deber ser de la profesión o que son mucho más prosaicas que los debates bizantinos sobre la objetividad o subjetividad de los reporteros.

Tener un periodismo enfocado, una información que ponga el acento sobre la lucha contra las desigualdades, que persiga el cambio social y ofrezca modelos alternativos de convivencia con un perfil igualitario y ecologista no es solo una cuestión de voluntad, aunque esta sea primordial. También requiere una estabilidad laboral, una cierta tranquilidad profesional y un relativo apoyo de los superiores directos para no convertirse en un ejercicio de voluntarismo o en una segunda ocupación clandestina que emerja después de que el profesional haya desempeñado las labores encomendadas.

Obviar, por lo tanto, las condiciones laborales de los periodistas –como las de los comunicadores del Tercer Sector o los promotores de los medios comunitarios– es hurtar al debate una de las aristas de la situación, ponerse una venda en los ojos que presuponga que el profesional de la comunicación está aislado de las condiciones personales y profesionales que obligan y afectan a toda persona que se dedica a un oficio.

El Informe Anual de la Profesión Periodística que edita la Asociación de la Prensa de Madrid muestra cada año cómo la profesión de periodista se ha ido degradando y añade detalles no solo cuantitativos en cuanto a despidos y descensos en las remuneraciones de los profesionales, sino también incluye algunas valoraciones cualitativas en las que los reporteros y reporteras indican cómo su ambiente de trabajo ha empeorado y cómo se han ido incrementando las presiones que reciben.

Así, en el último Informe, presentado el pasado 16 de diciembre, se muestra cómo entre 2008 y 2015 han sido despedidos de sus puestos de trabajo 12.200 periodistas. La mayoría de ellos, pertenecientes a las plantillas de las televisiones, que acumulan un total de 4.459 despidos; seguidos por los diarios, las empresas y los grupos de comunicación. Esta tendencia se ha ralentizado afortunadamente en el último año, en el que la APM contabilizó solo 246 despidos, frente a la media de unos 2.500 por año en los dos últimos (2013 y 2014).

En los últimos años la retribución del periodista ha bajado de media un 17%, y lo que es más importante dentro de las consideraciones de la APM, en los medios de nuestro país conviven dos escalas de profesionales distintas, a veces en la misma compañía: los que están sujetos a un convenio colectivo más antiguo y los que pertenecen a los más recientes, en los que entre otros asuntos se están recogiendo consideraciones como que todos los días de la semana sean idénticos a nivel laboral, lo que hace desaparecer la compensación por día festivo a aquellos profesionales que por lo específico de su sección tienen que trabajar en fin de semana.

Todo esto sin contar una tercera escala, que no aparece reflejada en el estudio pero es tan real como las dos primeras: la que forman los becarios desprotegidos que acumulan supuestos convenios de formación y a la que se agregan los periodistas autónomos que ejercen como colaboradores, un formato de trabajo cada vez más extendido.

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Atomización y presiones

El escenario a futuro que encuentra la APM en su encuesta es el de un periodista que necesariamente tendrá que ser autónomo, ya que el 65% de los encuestados están “convencidos” de que el futuro del periodismo pasa por trabajar por cuenta propia; una condición que incluye ya al 25% de los trabajadores de este oficio, según la asociación periodística madrileña. Este dato, que no tendría que dar pie a ninguna conclusión concreta por sí solo, se explica mejor si se incluyen dos matices: el 22% de estos autónomos son colaboradores de una sola empresa y otro 22% están integrados en la estructura de una organización, lo que nos ofrece un 44% de los periodistas por cuenta propia que no son otra cosa que ‘falsos autónomos’, profesionales que no son contratados por un medio pero que ‘de facto’ forman parte de él, salvo para lo tocante a la protección laboral que debería brindarles la empresa para la que trabajan.

Esta falta de apoyo de una empresa y la incertidumbre sobre su perspectiva laboral al depender solo de una organización es la que hace a los periodistas autónomos los más vulnerables a las presiones externas. Un 48,9% de los periodistas autónomos aseguran que han recibido presiones en “múltiples, varias o alguna ocasión” (en una suma agregada de las tres respuestas) y tan solo un 22,2% dice no haberlas recibido nunca. En cuanto a su reacción, un 80,1% reconoce que ceden a estas presiones, frente a un 75,7% en el caso de los profesionales por cuenta ajena. El dato es profundamente desalentador.

Las presiones que reciben los periodistas –autónomos o integrados en una empresa- provienen de poderes políticos y económicos por igual y tienen diferentes procedencias en función de la condición laboral del reportero o reportera. Para los contratados las instancias políticas son las principales fuentes de presión (44,1%), mientras que para los autónomos es más agresiva la presión de los anunciantes del medio (28,5%).

Los datos de presiones nos llevan a no hacernos trampas al solitario: los periodistas contratados tampoco están protegidos contra las influencias de los poderosos. Y ni siquiera contemplan un horizonte laboral más halagüeño, ya que un 87,5% revelan cambios en los niveles salariales y un 69,1% en sus condiciones laborales. Tan solo un 22,2% de los contratados aseguran estar exentos de situaciones como los Expedientes de Regulación de Empleo –sean estos temporales, laborales o reducciones de personal sin la figura jurídica del ERE– y el 84,7% de los periodistas asalariados aseguran que los cambios han sido negativos.

Las afirmaciones acerca de cómo han afectado estos cambios a su trabajo dibujan bien la situación del periodismo actual. Los informadores e informadoras realizan “más funciones que antes” (un 56% lo afirma) con “menos medios económicos” (54%) y “menos ayuda” (50,7%). Tienen “menos tiempo” para realizar correctamente su trabajo (42,9%) aunque trabajan “más horas que antes” (37,6%); y lo que es más importante, afirman que tienen “menos libertad” como profesionales (25,4%).

Los nuevos medios y sus dificultades

La explosión de las nuevas tecnologías y la llegada de Internet como un soporte fácil y barato para llegar a las audiencias han provocado una explosión de nuevos medios indudable. La APM ha intentado censar estas nuevas expresiones periodísticas y ha encontrado 579 nuevos medios lanzados entre 2008 y 2015, de los cuales aseguran que continúan activos 458.

La misma asociación hace un ejercicio de realismo encomiable al constatar que estos nuevos medios fueron “impulsados por esta crisis, como consecuencia de la pérdida del puesto de trabajo o por la imposibilidad de acceder a un empleo”. Y recuerda que “profesionales experimentados y recién licenciados se vieron obligados a desarrollar una labor como emprendedores en la que no tenían experiencia ni conocimientos”.

Es por esto que los resultados de los nuevos medios lanzados por periodistas son todavía muy tibios en cuanto a una mínima rentabilidad económica que los haga viables en el futuro. Un tercio de ellos (34,1%) no superaba hasta 2014 los 25.000 euros anuales de ingresos y un 15,9% reconocían no tener ingresos. En cuanto a plantillas, un 18,4% de los nuevos medios encuestados por la APM respondía estar “sin plantilla” y un 38,8% afirmaba que empleaba entre uno y tres profesionales. La clave está en los modelos de financiación, ya que el 58,8% (suma agregada) se financia con distintas variantes de la publicidad, mientras que tan solo un 11,7% ha podido utilizar microfinanciación o aportaciones de promotores.

Así las cosas, es bastante difícil consolidar propuestas alternativas que intenten enfocar hacia un periodismo responsable con los derechos humanos, que requieren esfuerzo, tiempo y cierta capacidad de resistencia a las presiones para llevar a cabo una cobertura continuada y de calidad. Sin ánimo de convertir este texto en una elegía periodística, conviene plantearse que el carácter profundamente vocacional de la comunicación tiene que estar equilibrado con la realidad palmaria de la supervivencia económica.

Un periodismo enfocado necesita de cierta profesionalización –imprescindible aunque no excluyente a otras formas de comunicación– si quiere tener vigilantes que dispongan de todo su tiempo, energía y recursos para observar el poder y retratar sus excesos. Prescindir de los reporteros y reporteras, o precarizarlos hasta el punto de convertir el reporterismo en una afición, no provoca sino el fortalecimiento de quienes quieren que las desigualdades permanezcan ocultas.

Miguel Ángel Moreno trabaja como periodista freelance.

Información como mercancía

Por Marcial García. Es el 15 de mayo de 2012, en Barcelona, un número creciente de personas armadas con cacerolas se concentra bajo las torres de la sede de la Caixa, en Avenida Diagonal, para protestar por la estafa de las Preferentes, los desahucios, así como por su política de inversiones y créditos. La información sobre esta protesta no aparece en la mayoría de los medios de comunicación. La Caixa no quiere que se dé voz a esta lucha. De hecho, amenaza a los medios con retirar su publicidad si dan cobertura a estas protestas y la voz ciudadana tiene proyección desde periódicos, televisiones y radios. Van a ser las redes sociales las que se ocupen de conseguir una eficaz difusión de la que se conocerá como operación Occupy Mordor, que se desarrollará en 2012 con otras concentraciones y convocatorias. Todo el simbolismo y la narrativa de El Señor de los Anillos se convertirán en el eje estratégico de esta lucha.

Un caso, de tantos, que ilustra con insultante nitidez cómo la información está sometida a los intereses empresariales y muy lejos de ser el ejercicio del derecho a la libertad de expresión para la libre difusión de las ideas, esencial para el descubrimiento de la verdad y, por tanto, para la emancipación de la ciudadanía. ¿Pero a qué gran empresa periodística le puede interesar la verdad cuando su verdad está en el descubrimiento de la información como mercancía capaz de reportar cuantiosos beneficios?

La información que interesa construir y difundir, por tanto, es la que mejor se venda y la que atraiga más publicidad.La noticia, el reportaje o la entrevista están más cerca ahora, por tanto, de la parrafada de un folleto publicitario o del entretenimiento para colmar carencias emocionales que de aquel espíritu social procedente de la utopía fundacional de la prensa como vigilante del poder y en pos de la verdad.

No en vano, los empresarios llevan tiempo asaltando los medios de comunicación, ya que su control les reporta un doble beneficio: económico, al manejar la información desde una perspectiva mercantil en la búsqueda del beneficio dinerario; simbólico, al tener el control en la construcción periodística de la realidad para ponerla al servicio de sus intereses.

La información que los grandes empresarios propietarios de medios de comunicación nos fabrican no tiene por objeto que entendamos mejor qué pasa a nuestro alrededor, ni que adoptemos una mirada crítica. Más que informar, trata de conformar una mentalidad colectiva. Es una forma de ejercicio del poder que busca nuestra “adherencia” a los intereses del poder económico dominante, haciéndolos pasar por los intereses de nuestras sociedades. No es difícil comprobarlo si observamos la información sobre la crisis. Buena parte de las noticias, reportajes, análisis o entrevistas sobre el fenómeno de la crisis tienen un enfoque profundamente pragmático, crítico incluso con un análisis estructural e ideológico de la misma (“Se trata solo de problemas concretos que deben resolverse de manera concreta, por empresas y personas concretas”, podemos leer entre líneas). Toda esta información está ideada y construida para conseguir que la gente sienta que más allá de ser necesario entender las razones que provocaron la crisis (“Bueno, ya pasó, ahora habrá que hacer algo”, parecen decirnos), ante la misma, sobre todo, hay que ser fuerte, positivo y optimista (Caramba, qué parecido al eslogan de aquella campaña publicitaria de Nestlé de 2014: “A todos nos pasa algo bueno en la vida en algún momento”). El discurso que domina es el de la autosuperación y la necesidad de reforzar una voluntad individual más sólida, más “emprendedora”, que nos permita reinventarnos como marcas comerciales.

Su objetivo no puede ser más diáfano, legitimar que no somos otra cosa que mercancía y que nos resignemos a que nuestra vida no ha de ser otra cosa, por tanto, que vendernos o dejarnos comprar al albur del mercado y sin más horizonte vital que el empeño por no dejar de estar en el escaparate del bazar.

La mercantilización de la información no solo es, por tanto, el descubrimiento de la información como mercancía, es también y especialmente, su papel como legitimadora de la cultura del consumo. Sirve para definir, difundir y conformar un modelo de sociedad centrado en el valor mercantil de la compraventa como lógica de construcción del ser humano y de sus relaciones.

En palabras shakespearianas, la información, hoy en día, está hecha de la misma materia que los sueños del mercantilismo. Esto exige tomar muy en consideración la advertencia que ya nos hizo el filósofo francés Gilles Deleuze, “Si estás preso en el sueño del otro, estás jodido”. Resulta urgente, por tanto, recuperar el valor de uso social de la información para recuperar la capacidad de soñar en libertad de la ciudadanía.

Marcial García López es profesor Titular en el Departamento de Comunicación Audiovisual y Publicidad, Universidad de Málaga

Alberto Senante: “Se ha empezado a hablar de refugiados cuando han llegado a nuestra casa europea”

Por Laura Rubio. Vivimos la mayor crisis de refugiados desde la Segunda Guerra Mundial. Millones de personas se han visto obligadas a abandonar sus hogares huyendo de gravísimos conflictos armados y violaciones de derechos humanos sistemáticas. Conversamos sobre la cobertura informativa que está mereciendo tal situación con Alberto Senante. Periodista freelance, colaborador de El Diario.es, Periodismo Humano y Radio Francia Internacional. Senante trabaja actualmente en comunicación de la Comisión de Española de Ayuda al Refugiado (CEAR)

-¿Qué opinas del tratamiento informativo que se está haciendo a día de hoy sobre la población refugiada?
El tratamiento informativo de esta crisis ha recordado la esencia del periodismo: estar en los sitios y explicar lo que le pasa a la gente. Muchas veces, por diversas circunstancias, esta función básica no ha podido realizarse. Aquí hay que abrir una mención especial a los periodistas freelance; gran parte de los testimonios e imágenes que hemos visto y que han conmovido Europa son de periodistas freelance que han ido por su cuenta. Creo además que el hecho de que los refugiados hayan llegado y estén ya masivamente en Europa, ha hecho que los periodistas puedan acceder a esta realidad más fácilmente. Se ha conseguido explicar masivamente que huyen de conflictos, de la guerra o de persecuciones y eso ha provocado que la mirada social dé un giro muy grande, a diferencia de lo ocurrido en otras situaciones similares.

– ¿Hay diferencias en el tratamiento informativo que están dando medios públicos, privados y del tercer sector?
Creo que hay casos muy positivos en los tres ámbitos. Los medios del Tercer Sector tradicionalmente han informado con mayor rigor, con más humanidad que los medios privados, que a lo mejor, tendían más al sensacionalismo y situaban a los refugiados dentro de los procesos de inmigración. Pero lo cierto, siendo éste el gran cambio de esta crisis, es que medios tradicionalmente no favorables a la inmigración, han dado un rostro humano y han visibilizado el problema. Han estado en Lesbos, en la ruta, en las fronteras… y han contado lo que le estaba pasando a la gente. Es decir, vuelta a las raíces del periodismo más sencillo pero a la vez más potente. Para mí es la clave de todo esto. La foto de Aylan probablemente sea la mejor muestra de esa presencia. Es una foto que publicarla o no genera mucho debate; pero dónde no hay debate es en el impacto que ha tenido.

-En relación a la fotografía de Aylan, ¿consideras que supone sensacionalismo?
Sí, puede ser. Es decir, que la valoración general sea positiva no significa que no haya sensacionalismo ni prácticas cuestionables. Hay un riesgo claramente de la espectacularización que vimos por el ejemplo el día que el refugiado sirio zancadilleado llegó a Getafe. Incluso antes de que llegara, el impacto que tuvo peca de los mismos errores que suele tener el periodismo. Es decir, cómo hacemos una noticia de una imagen llamativa cuando, en un viaje de este tipo, que te pongan la zancadilla es de lo menos grave que puede ocurrirte. Los riesgos del sensacionalismo y amarillismo están, pero los hemos visto menos que en otras ocasiones. En un momento dado, podíamos temer que hubiera más cuestionamiento a la acogida, pero hemos visto cómo la ola de solidaridad ciudadana empuja, tanto a medios de comunicación como a los poderes públicos y políticos, a entrar en una carrera para ver quién es más ‘pro-refugiado’.

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Alberto Senante, periodista freelance

-¿Crees que desde los medios se nos informa de todo lo que ocurre o existen lagunas informativas?
Hay muchas lagunas informativas. Está la laguna del contexto, es decir, por qué salen de su país. Se informa muy poco de la propia responsabilidad que tienen los países europeos en estos conflictos: comercio de armas, apoyo estratégico según intereses; se ignora cualquier visión a favor de los derechos humanos y por último, se informa poco del drama de los y las refugiadas que no están en Europa, que son la inmensa mayoría. Esa es la gran laguna informativa. Lo curioso de esto es que se ha empezado a hablar de los refugiados no porque hubieran incrementado, sino porque estaban en nuestras puertas. Es decir, se ha empezado a hablar de ello cuando han llegado a nuestra casa europea; entonces nos hemos alarmado. Que estuvieran hacinados en campamentos en Jordania o en Líbano, interesa menos. Es una pena pero es un hecho. Para mí el reto, ahora que se ha suscitado el interés, es preocuparnos por la mayoría de refugiados que no están aquí sino en los países limítrofes o, en el caso de Siria –que es el más mediático-, son desplazados internos. Ese es el gran reto pero logísticamente es muy complicado informar sobre lo que ocurre en Siria.

-¿Tendremos una cobertura a largo plazo de esta crisis o desaparecerá de los focos rápidamente como tantas otras?
Se corre el riesgo del cansancio mediático, como en todos los temas. Es decir, cuando pasa un terremoto o cualquier conflicto surge con mucha fuerza y se va diluyendo. Surge el peligro de pensar que cuando se lleven a cabo las reubicaciones, el problema se habrá solucionado. Pero las reubicaciones son un parche; necesario, pero solo un principio de solución del problema. Mediáticamente existe el riesgo de tomar una posición u otra ante la acogida de las personas refugiadas. Es decir, si asistiremos a un mantenimiento del apoyo o a un cuestionamiento de la acogida.

-¿Existen unos mecanismos propios para la buena cobertura en el discurso periodístico de los refugiados?

Como CEAR, no tenemos un decálogo para el discurso periodístico. Sí que diferenciamos el término ‘refugiados’ de ‘migrantes’. En ambos casos deben respetarse sus derechos. La recomendación básica es contar la realidad de los refugiados como cualquier otra realidad. Es decir, difundiendo la voz de las personas que lo están viviendo en primera persona y ofreciendo un contexto más allá de lo espectacular que pueden ser algunas situaciones como un naufragio, un tren atestado o la llegada en una barca hinchable. Es decir, todo lo que sea ir más allá de la espectacularidad de esas imágenes o de esa información, nos parece que es el camino. La información que explica esta situación no puede basarse en “hay miles de personas en la estación de tren o llegan a una isla”, tiene que haber más. Otro gran reto que tenemos es explicar las condiciones en las que llegan las personas. CEAR y otras muchas organizaciones están reclamando que puedan solicitar asilo o llegar a nuestro país sin arriesgar su vida o sin ponerse en manos de las mafias y perder los ahorros de una vida. El periodismo debe contar no solo lo que está pasando. También debe explicar que “esto no tendría que ser así” e evidenciar que las cosas pueden hacerse de otra manera. Medios muy dispares han hecho una cobertura dando las pinceladas de ‘eso no tiene que ser así’. Me parece un camino que no es nuevo, pero que ha tomado fuerza en esta crisis y que es muy de valorar: no solo contar qué pasa, sino las soluciones que puede tener el drama que estás contando.