Un periodismo desenfocado por la precariedad

Por Miguel Ángel Moreno. Los periodistas formamos parte de una profesión particularmente autocrítica, acostumbrada a los análisis demoledores sobre el oficio. Esta costumbre no es óbice para reconocer que en muchas ocasiones los problemas se inscriben en dinámicas que están más allá del deber ser de la profesión o que son mucho más prosaicas que los debates bizantinos sobre la objetividad o subjetividad de los reporteros.

Tener un periodismo enfocado, una información que ponga el acento sobre la lucha contra las desigualdades, que persiga el cambio social y ofrezca modelos alternativos de convivencia con un perfil igualitario y ecologista no es solo una cuestión de voluntad, aunque esta sea primordial. También requiere una estabilidad laboral, una cierta tranquilidad profesional y un relativo apoyo de los superiores directos para no convertirse en un ejercicio de voluntarismo o en una segunda ocupación clandestina que emerja después de que el profesional haya desempeñado las labores encomendadas.

Obviar, por lo tanto, las condiciones laborales de los periodistas –como las de los comunicadores del Tercer Sector o los promotores de los medios comunitarios– es hurtar al debate una de las aristas de la situación, ponerse una venda en los ojos que presuponga que el profesional de la comunicación está aislado de las condiciones personales y profesionales que obligan y afectan a toda persona que se dedica a un oficio.

El Informe Anual de la Profesión Periodística que edita la Asociación de la Prensa de Madrid muestra cada año cómo la profesión de periodista se ha ido degradando y añade detalles no solo cuantitativos en cuanto a despidos y descensos en las remuneraciones de los profesionales, sino también incluye algunas valoraciones cualitativas en las que los reporteros y reporteras indican cómo su ambiente de trabajo ha empeorado y cómo se han ido incrementando las presiones que reciben.

Así, en el último Informe, presentado el pasado 16 de diciembre, se muestra cómo entre 2008 y 2015 han sido despedidos de sus puestos de trabajo 12.200 periodistas. La mayoría de ellos, pertenecientes a las plantillas de las televisiones, que acumulan un total de 4.459 despidos; seguidos por los diarios, las empresas y los grupos de comunicación. Esta tendencia se ha ralentizado afortunadamente en el último año, en el que la APM contabilizó solo 246 despidos, frente a la media de unos 2.500 por año en los dos últimos (2013 y 2014).

En los últimos años la retribución del periodista ha bajado de media un 17%, y lo que es más importante dentro de las consideraciones de la APM, en los medios de nuestro país conviven dos escalas de profesionales distintas, a veces en la misma compañía: los que están sujetos a un convenio colectivo más antiguo y los que pertenecen a los más recientes, en los que entre otros asuntos se están recogiendo consideraciones como que todos los días de la semana sean idénticos a nivel laboral, lo que hace desaparecer la compensación por día festivo a aquellos profesionales que por lo específico de su sección tienen que trabajar en fin de semana.

Todo esto sin contar una tercera escala, que no aparece reflejada en el estudio pero es tan real como las dos primeras: la que forman los becarios desprotegidos que acumulan supuestos convenios de formación y a la que se agregan los periodistas autónomos que ejercen como colaboradores, un formato de trabajo cada vez más extendido.

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Atomización y presiones

El escenario a futuro que encuentra la APM en su encuesta es el de un periodista que necesariamente tendrá que ser autónomo, ya que el 65% de los encuestados están “convencidos” de que el futuro del periodismo pasa por trabajar por cuenta propia; una condición que incluye ya al 25% de los trabajadores de este oficio, según la asociación periodística madrileña. Este dato, que no tendría que dar pie a ninguna conclusión concreta por sí solo, se explica mejor si se incluyen dos matices: el 22% de estos autónomos son colaboradores de una sola empresa y otro 22% están integrados en la estructura de una organización, lo que nos ofrece un 44% de los periodistas por cuenta propia que no son otra cosa que ‘falsos autónomos’, profesionales que no son contratados por un medio pero que ‘de facto’ forman parte de él, salvo para lo tocante a la protección laboral que debería brindarles la empresa para la que trabajan.

Esta falta de apoyo de una empresa y la incertidumbre sobre su perspectiva laboral al depender solo de una organización es la que hace a los periodistas autónomos los más vulnerables a las presiones externas. Un 48,9% de los periodistas autónomos aseguran que han recibido presiones en “múltiples, varias o alguna ocasión” (en una suma agregada de las tres respuestas) y tan solo un 22,2% dice no haberlas recibido nunca. En cuanto a su reacción, un 80,1% reconoce que ceden a estas presiones, frente a un 75,7% en el caso de los profesionales por cuenta ajena. El dato es profundamente desalentador.

Las presiones que reciben los periodistas –autónomos o integrados en una empresa- provienen de poderes políticos y económicos por igual y tienen diferentes procedencias en función de la condición laboral del reportero o reportera. Para los contratados las instancias políticas son las principales fuentes de presión (44,1%), mientras que para los autónomos es más agresiva la presión de los anunciantes del medio (28,5%).

Los datos de presiones nos llevan a no hacernos trampas al solitario: los periodistas contratados tampoco están protegidos contra las influencias de los poderosos. Y ni siquiera contemplan un horizonte laboral más halagüeño, ya que un 87,5% revelan cambios en los niveles salariales y un 69,1% en sus condiciones laborales. Tan solo un 22,2% de los contratados aseguran estar exentos de situaciones como los Expedientes de Regulación de Empleo –sean estos temporales, laborales o reducciones de personal sin la figura jurídica del ERE– y el 84,7% de los periodistas asalariados aseguran que los cambios han sido negativos.

Las afirmaciones acerca de cómo han afectado estos cambios a su trabajo dibujan bien la situación del periodismo actual. Los informadores e informadoras realizan “más funciones que antes” (un 56% lo afirma) con “menos medios económicos” (54%) y “menos ayuda” (50,7%). Tienen “menos tiempo” para realizar correctamente su trabajo (42,9%) aunque trabajan “más horas que antes” (37,6%); y lo que es más importante, afirman que tienen “menos libertad” como profesionales (25,4%).

Los nuevos medios y sus dificultades

La explosión de las nuevas tecnologías y la llegada de Internet como un soporte fácil y barato para llegar a las audiencias han provocado una explosión de nuevos medios indudable. La APM ha intentado censar estas nuevas expresiones periodísticas y ha encontrado 579 nuevos medios lanzados entre 2008 y 2015, de los cuales aseguran que continúan activos 458.

La misma asociación hace un ejercicio de realismo encomiable al constatar que estos nuevos medios fueron “impulsados por esta crisis, como consecuencia de la pérdida del puesto de trabajo o por la imposibilidad de acceder a un empleo”. Y recuerda que “profesionales experimentados y recién licenciados se vieron obligados a desarrollar una labor como emprendedores en la que no tenían experiencia ni conocimientos”.

Es por esto que los resultados de los nuevos medios lanzados por periodistas son todavía muy tibios en cuanto a una mínima rentabilidad económica que los haga viables en el futuro. Un tercio de ellos (34,1%) no superaba hasta 2014 los 25.000 euros anuales de ingresos y un 15,9% reconocían no tener ingresos. En cuanto a plantillas, un 18,4% de los nuevos medios encuestados por la APM respondía estar “sin plantilla” y un 38,8% afirmaba que empleaba entre uno y tres profesionales. La clave está en los modelos de financiación, ya que el 58,8% (suma agregada) se financia con distintas variantes de la publicidad, mientras que tan solo un 11,7% ha podido utilizar microfinanciación o aportaciones de promotores.

Así las cosas, es bastante difícil consolidar propuestas alternativas que intenten enfocar hacia un periodismo responsable con los derechos humanos, que requieren esfuerzo, tiempo y cierta capacidad de resistencia a las presiones para llevar a cabo una cobertura continuada y de calidad. Sin ánimo de convertir este texto en una elegía periodística, conviene plantearse que el carácter profundamente vocacional de la comunicación tiene que estar equilibrado con la realidad palmaria de la supervivencia económica.

Un periodismo enfocado necesita de cierta profesionalización –imprescindible aunque no excluyente a otras formas de comunicación– si quiere tener vigilantes que dispongan de todo su tiempo, energía y recursos para observar el poder y retratar sus excesos. Prescindir de los reporteros y reporteras, o precarizarlos hasta el punto de convertir el reporterismo en una afición, no provoca sino el fortalecimiento de quienes quieren que las desigualdades permanezcan ocultas.

Miguel Ángel Moreno trabaja como periodista freelance.

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